por Pablo Izurieta
blog con comentarios sobre arte
sábado, 9 de julio de 2016
El abuso de las palabras, por Pablo Izurieta
domingo, 15 de diciembre de 2013
La noche que Chopin salió por la ventana
miércoles, 20 de febrero de 2013
Aquellas pequeñas cosas
En mi caso los años han despertado un gusto extraño por lo nimio, que en vez de medir como insignificante imagino como importante. Un pequeño dato como el horario de un servicio de larga distancia, una situación como la elección de la mesa de un bar, un encuentro con un desconocido o la contemplación de objetos como un cartel en la ruta me motivan historias, cálculos, hipótesis y suposiciones que mi imaginación eleva a la categoría de cuestiones importantes al punto de parecerme extraño que las demás personas no los valoren como tal.
Esto ha derivado naturalmente en una atención creciente sobre aspectos más o menos relegados de la realidad como son aquellas cosas que acompañana los hechos y que no "califican" para convertirse en aspectos dignos de ser contados o discutidos pero que sin embargo pueden resultar trascendentes para la relevancia del hecho. Por ejemplo, en una clase de historia la situación parte de la exposición del tema X presentado por el profesor Y ante el auditorio Z. Podemos hablar un rato del hecho describiéndolo, calificándolo, midiéndolo pero también podemos pensar en lo que hay detrás del profesor, su historia, sus lecturas, sus renuncias, sus sueños; podemos pensar en el estilo de su comunicación, en porqué su voz suena descarnada, gastada o jovial; podemos medir la atención de los alumnos en base a su exiguo pasado, en sus expectativas, sus urgencias y hasta podemos detenernos en el ámbito físico que ocupan ambos para detectar las señales significativas que presenta. En esta operación banal y simple estamos pasando del mundo supuestamente real a la literatura.
Quizás suene muy proustiano pero en esos pliegues de la realidad se encuentra quizás lo más interesante de ella, quizás estén aquí, semi ocultas, las señales que nos permitan interpretar algo tan complejo como la contemporaneidad. Para mi es así y lo es en una forma creciente ya que este modo de ver desarrolla un sentido que se refina con el tiempo pasando a confundir los planos de la realidad, trastocándolos en un constante juego de figura y fondo donde ninguno es más importante que el otro o donde lo menos importante pasa a ser decisivo, sugerente y atractivo con mayor frecuencia.
Un escritor dijo una vez que su oficio consistía principalmente en espiar el escenario de la realidad desde detrás del telón para descubrir los hilos que nos mueven y nos hacen actuar como si fuéramos importantes.
Esto ocupa cada vez más espacio en mi consideración de los hechos y de eso tan complejo e inasible que llamamos realidad.
En el caso del arte, uno de los temas que más ha ocupado mi vida, muchas preguntas vinculadas a lo anterior se suscitan cuando pienso en los creadores de las obras que admiro, no en el sentido vulgar que expresa la curiosidad por saber a qué horas escribe tal o si la letra aparece primero que la música en el caso del compositor cual, sino más bien en esa chispa misteriosa que lleva a alguien a querer seguir escribiendo después de décadas de llevar haciéndolo, en la energía, impulso o magia que lleva a alguien a seguir conservando la infantil costumbre de imaginar mundos a partir de la realidad humana pero que la sobrepasa en estilo y talento, a ese momento donde la vida doméstica se funde con algo superior que solo podrá ser expresado a través de una de las formas de la belleza.
Hasta la próxima
domingo, 9 de septiembre de 2012
Maradona – Messi, épica y pragmatismo
Messi, ídolo moderno
La diferencia
martes, 25 de octubre de 2011
La novedad figurativa - nota crítica a la Exposición de Alvaro Izurieta en Santa Fe

“La novedad figurativa” es el nombre de la exposición que se inauguró el 13 de octubre a las 20, en el complejo de salas Luis León de los Santos del Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez de Santa Fe.
Si bien la metamorfosis pictórica del siglo XX trajo verdaderos aportes a la aventura creativa, el legado histórico de la figuración, continúa y continuará posibilitando expresiones personales y novedosas. En la Argentina esta tradición ha dado ejemplos que iluminan su cultura artística y de los cuales el Museo Rosa Galisteo de Rodríguez es fiel depositario.
La obra de Alvaro Izurieta se inscribe en este apasionante legado, con fundamento y originalidad y con la particularidad de haber arribado en el actual momento de su madurez creativa a completar un legado con un fuerte acento identitario. Sus viajes de estudio a Europa, desde el primero -a finales de la década del setenta hasta el realizado en el presente año-, han marcado siempre un punto de inflexión en el camino del artista.
Mientras que en el primero se afirma el compromiso con el oficio y la tradición figurativa, los subsiguientes motivan el inicio de verdaderas aventuras creativas en torno a temas como el color y la audacia compositiva. Por obra y gracia de los códigos artísticos este conjunto de experiencias confluyen en un arte genuinamente argentino, que aparece como un proceso natural, no buscado, producto de vivir aquí, sentir como sentimos aquí y asumir la condición de identidad de una manera cabal.
Esto es evidente en el pudor y recato en la representación de las figuras, el tratamiento de los temas pictóricos universales desde un enfoque libre y diverso, las tonalidades del paisaje inconfundiblemente argentinos, inconfundiblemente serranos-, y otros aspectos que reflejan el drama -expresado en clave artística, es decir simbólica- de lo que somos: habitantes de la periferia acostumbrados a mirar los cánones desde demasiado lejos como para sentirnos parte central de los procesos trascendentes del arte universal, lo que nos obliga a ese exceso de la imaginación que nos inflama y convierte, como al resto de Sudamérica, en una reserva creativa del mundo.
Pablo Izurieta
domingo, 23 de octubre de 2011
El arte en los tiempos del confort
-Esta nota comenzó a escribirse en un colectivo de la línea 163 que va de Flores a Hurlingham, en el conurbano bonaerense al día siguiente de haber llegado de una gira de un mes en el extranjero-
Como me había pasado otras veces a la vuelta de un viaje la mirada se dirigía a esas cosas que los hábitos ocultan. De esta manera el trayecto me resultaba sorprendente desde la observación de los íconos publicitarios hasta los hábitos de la gente en la calle. En eso estaba cuando abrí el diario que tenía en mis manos con la intención de tener noticias recientes sobre el país. Se trataba de una publicación barrial que siempre incluye notas sobre los personajes famosos del Flores. Sin saberlo, ese modesto pasquín iba a mostrarme dos frases que motivarían mi reflexión por varios días. Ambas pertenecen a escritores del barrio de generaciones muy distantes. La primera tiene que ver con el título de esta nota y pertenece a César Aira. La segunda es de Roberto Artl, y será motivo de otra nota de este blog. En el artículo titulado El misterioso señor Aira, el entrevistado dispara: “Los artistas de hoy tienen una desventaja histórica: pertenecen al mundo del confort”. Luego la nota discurrió por otros derroteros dialécticos y, para mi pesar, no ahondó en el concepto mencionado. Al terminar de leerla bajé el diario y, más o menos a la altura de Liniers, ya estaba completamente sumido en la reflexión sobre esa frase. Lo que más me llamaba la atención era la palabra histórica, con su marca de algo implacable, inevitable, que sobrepasa nuestras pequeñas individualidades. Luego pensé, como dice la frase, en que la señal más fuerte de nuestro tiempo histórico es sin dudas el auge del confort.
Cualquiera puede observar que aún las personas humildes pueden gozar del acceso a bienes culturales y de entretenimiento impensados hace unos pocos años, por más que en este proceso haya mucho de engaño y nos encontremos ante los pequeños milagros tecnológicos hogareños como un sediento en medio del mar: rodeados de lo que necesitamos sin poder tomarlo. Naturalmente un hombre de clase media, que es de donde provienen habitualmente los artistas, puede acceder en un mismo día, y sin moverse de su casa, al catálogo de una biblioteca universitaria, a fragmentos del último recital de su orquesta favorita y a un clásico del cine. Estas circunstancias inauditas son la culminación de muchos esfuerzos humanos y una marca del actual estado de bienestar.
Ahora que estamos en regla con las obviedades podemos pensar en que quizás el confort aleje al hombre de las experiencias profundamente humanas, que son aquellas de las que el arte se nutre. Las grandes obras del siglo XX fueron realizadas en su mayoría por hombres y mujeres que vivieron grandes dificultades cuando no algunas de las calamidades propias del siglo como sus grandes y traumáticas transformaciones sociales, las guerras, dictaduras y penurias que las jóvenes generaciones de la clase media de buena parte del mundo no podemos ni siquiera imaginar. Aquella vieja película que mostraba a un joven Caruso tosiendo entre los sacos de harina de la panadería paterna o, más cerca nuestro, las biografías que describen al niño Piazzolla abriéndose camino a golpes en los suburbios neoyorquinos, pasaron hoy a formar parte de las leyendas del arte y nos suenan tan lejanas como las hazañas de Alejandro Magno o las crueldades de Robespierre.
Es preciso reconocer la invalorable riqueza de las experiencias básicas, que son las que nos ponen en contacto con el espíritu humano de todas las épocas.
El desamparo, el miedo, la muerte, la soledad, el hambre, la aventura, el peligro, el aire de las montañas en el rostro, el silencio en medio de la naturaleza y muchas otras experiencias activan lazos con remotas vivencias de los hombres que habitaron este mundo mucho antes que nosotros y nos hermanan con ellos, y quizás con los hombres futuros.
Si la búsqueda creativa se aleja demasiado de este venero comienza a recurrir a estímulos débiles y sofisticados, más o menos tecnocráticos y siempre ultrarracionales y artificiosos. El producto suele ser un arte universitario que indaga en juegos y retruécanos, pero rara vez se adentra en la simple experiencia de la imaginación pura o en la emoción lisa y llana considerando cualquier lazo con la tradición como un paso atrás en la aventura artística. Sin embargo, como siempre es preciso provenir de algún sitio, este ejercicio se produce al amparo de la invención de una escuela o tendencia, lugar de límites y alcances imprecisos donde caben todos los devaneos y todas las audacias a excepción de las que provienen de la simple imaginación infantil que mora en el interior de todo artista verdadero.
Arte vano, podríamos decir de aquél que encuentra una satisfacción en sí mismo expresado en el regodeo narcisista, cuando no de la factura, de los argumentos que explican una obra.
La capacidad del artista de “soñar el sueño de la sociedad”, en palabras de Sábato, le otorga al artista un rango particular y también una responsabilidad: buscar, cada uno en su camino, nada más y nada menos que la verdad. Al escribir esto pienso en la búsqueda desesperada de Gauguin, que estimaba su viaje a las Islas Marquesas como su principal obra. Ahora podemos sentir que viajó por sí mismo y por todos los artistas que buscan el origen, el auténtico símbolo de donde nacerán todos los recursos, la imagen primigenia que engendre todas las demás. El ídolo primitivo.
Pablo Izurieta, Buenos Aires, 2011
viernes, 2 de abril de 2010
Los hijos y el futuro

la de hacer hijos sin saber porqué ni para qué”
Caín, José Saramago
Mi hermano Ramiro, que sin haber leído demasiado tiene buen ojo para los libros, me regaló para mi último cumpleaños el Caín de Saramago. Confieso que otras veces el estilo verborrágico y lineal del premio Nobel me desanimó a las pocas páginas. Esta vez sin embargo, la potencia e interés del texto me cautivaron desde el comienzo y llegué hasta la última página con la misma expectativa.
No te asustes porque este no será el comentario arbitrario y pedante de un libro, más bien intentaré dar forma a un pensamiento que saltó para mí del argumento como un pez del fuentón. Me refiero a un tema que el libro toca descarnadamente: la paternidad.
La punta del ovillo apareció tras el epígrafe que abre estas líneas y que inmediatamente me llevó a pensar en la idea de la dimensiones humanas.
El punto es muy sencillo. Los seres humanos habitamos dos dimensiones humanas básicas: la personal y la social. Ambas son inevitables, ambas nos reclaman y tienen la característica de ser de difícil compensación -rara vez el éxito de una se compensa con la fortuna de la otra-.
Sigamos adelante. El hecho que principia la vida es la procreación (origen de la persona), las numerosas repeticiones de este hecho conforman los grupos sociales (origen de las sociedades).
La paternidad
En la psicología del que procrea imaginamos que la importancia y rotundez del suceso de dar vida obliga al sujeto a correrse del centro exclusivo de sus preocupaciones personales para admitir al nuevo miembro, cuyas vicisitudes lo afectarán irremediablemente. Podemos concluir entonces que el que procrea inaugura preocupaciones sociales que antes ignoraba. Su mundo social se amplía con la llegada de un nuevo ser por el que además deberá responder y el compromiso con el entorno se renueva y adquiere mayos consistencia -de allí pensamos que los padres que inculcan en sus hijos una actitud especulativa, desconfiada y violenta respecto de los demás y como una forma de defensa del entorno, incurren en el doble error de la agresividad y la contradicción, ya que, habiendo provocado el hecho social básico, pretender negarlo-.
Lo social
El ser humano está llamado a la vida social. Casi todo lo que hace o ha hecho ha sido inspirado y modificado por los demás y a ellos está destinado. Los grupos humanos se organizaron históricamente en torno a las demandas y producciones de los hombres particulares y logran su cohesión cuando se acuerdan las reglas que protegerán a los individuos y propiciarán su desarrollo.
Hoy lo social atraviesa una enorme crisis mundial. Los paradigmas del capitalismo han entronizado la búsqueda del éxito y del dinero desplazando a las demás preocupaciones humanas. En este contexto la educación ha sido sustituida por la información –cuanto más utilitaria mejor-, el trabajo por la explotación, la cultura por la diversión, la diversión por el aturdimiento, la salud por la estética, la belleza por la provocación, la sexualidad por la promiscuidad, el descanso por la pereza, el bienestar por la acumulación y la vocación por el oportunismo, entre otros males.[1]
La Argentina
En nuestro país esa confusión adquiere un perfil característico teñido de nuestros propios males y debilidades.
Podemos comenzar por decir que, en conceptos de Roberto Arlt, el argentino se ha tornado desconfiado. Carezco de los conocimientos necesarios para precisar el origen de este mal, pero creo que parte de nuestra desconfianza se basa en el fracaso de nuestro país en el sentido de lo social: como no puedo, por incapacidad o falta de hábito unirme a los otros en un sentido positivo, los desdeño o subestimo.
El problema es que la desconfianza es un sentimiento que nos empequeñece y que además recorta nuestra personalidad. ¡Cuánta energía empleamos en evitar la burla o la violencia a la que nos expone la desconfianza!
Cada uno (de los argentinos) es un genio y los genios no se llevan bien entre ellos; por eso es fácil reunirlos, pero unirlos... imposible.
Tienen un espantoso temor al ridículo, pero se describen a si mismo como liberados.
La incapacidad para construir acuerdos sociales fuertes y prósperos debilita a las sociedades minando su capacidad para desarrollar anticuerpos contra los males globales.
No quiero afligirlo mi querido lector con frases sospechadas de pesimismo. Debemos mencionar también que las cosas pueden cambiarse y le propongo una acción inicial: erradicar de nosotros la maledicencia, defecto egoísta que se extiende entre los argentinos como el aceite sobre el agua.
Los hijos
Luego de este rodeo vuelvo al tema del comienzo para expresarlo en unas pocas preguntas en torno de la señalada desconfianza en el prójimo y en la crisis de lo social:
¿es consciente el hombre contemporáneo de la naturaleza social de la procreación y de los compromisos que entraña?
¿puede un hombre procrear libremente y sin cuestionamientos cuando desconfía esencialmente del grupo social al que pertenece?
¿puede este mismo individuo proyectar su familia solo desde un ángulo individual sin considerar las condiciones sociales en las que ese nuevo ser crecerá?
¿puede un hombre ético alentar el crecimiento de una familia sin contribuir al crecimiento del entorno?
¿es ético procrear en un medio en el que la dignidad de los hombres no está garantizada?
Y por último: ¿de dónde saca fuerzas el hombre para dar vida cuando no cree en el futuro?
Final
Los argentinos somos demasiado sentimentales en nuestros juicios, y especialmente cuando hablamos de los hijos, dándole al tema un tinte de desbordada emotividad. Vuelvo a Marías:
No le habléis de lógica. La lógica implica razonamiento y mesura. Los argentinos son hiperbólicos y desmesurados, van de un extremo a otro con sus opiniones y sus acciones.
Una simple observación me indica que las principales causas de la procreación son dos: el descuido (léase irresponsabilidad) o la confirmación de la seguridad económica de los futuros padres.
Luego vienen los dislates. Alguna vez escuché con estupor decir a alguien que iba a tener tantos hijos como la tía X o como Charles Ingalls. Tampoco puedo digerir fácilmente las planificaciones familiares con una agenda en la mano. Más bien pienso que el nacimiento de los hijos proviene de una compleja ecuación entre el tiempo biológico (personal) y el cronológico (histórico - social).
En la cima desesperada del mundo contemporáneo uno podría pensar como Discépolo en Cambalache “todo es igual, nada es mejor”, a lo que debemos responder: de ninguna manera. Sin temor a parecer demasiado kantianos en la severidad de los juicios morales hay que recordar que no hay nada que justifique nuestras faltas personales. Me refiero a que ni siquiera una debacle exterior nos redime de ellas: los errores individuales no se conmutan por las injusticias colectivas.
Hasta aquí esta reflexión que solo ha intentado defender el derecho a preguntarnos sobre los asuntos humanos, además de poner en evidencia la condena social a quienes no tienen hijos culpándolos de egoísmo, comodidad o desamor sin considerar que hay razones de tipo ético que influyen en decisiones tan importantes como la procreación. Quizás solo se trate de una justificación personal. De todas maneras, si estas palabras suscitaron en algún momento la reflexión en torno de alguno de los temas que plantea, habrán cumplido ampliamente su cometido.
Pablo Izurieta, Córdoba, enero de 2010
[1] Esto nos lleva a perder de vista los proyectos realmente importantes en una comunidad o una familia, que son, en el plano personal, la salud, la educación, el desarrollo de las propias capacidades y la cultura; y en el social la capacidad de asociarse, la solidaridad, la generosidad.




